Amor en Internet Nunca te vi siempre te amé

Por el año 1999 me llegó este comentario de la película Nunca te vi, siempre te amé,  la cinta es de 1986, cuando se estaba gestando Internet, ahora, con la comunicación tan cercana y tan fácil entre millones de personas, esperamos que esta hermosa historia se repita en cada rincón del universo, solo que deseamos que tenga un feliz desenlace.

Amor en Internet. Comienza la historia Nunca te vi, siempre te amé. Aparece el león de la Metro Goldwin Meyer.

Milagros:  Mira, creo que ya te platiqué las partes más importantes de la película; además, con las imágenes que te describí y con el título, creo que te va a desilusionar mi relato. No obstante, a petición del público, te describo BREVEMENTE las nuevas imágenes que me formé hoy cuando Alicia recordó algunas partes de las películas (te dije que han hecho dos versiones de la misma historia).
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Nunca te vi, siempre te amé

(Se oyen aplausos y aclamaciones):

¡Que la cuente, que la cuente…! (:-)

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La acción se desarrolla a principios de la década de 1940.

Nunca te vi siempre te ame

Érase una vez un hombre y una mujer maduros. Ambos amaban profundamente los libros: los clasificaban, los ponían en orden, les sacudían el polvo…

El caballero, de aproximadamente cincuenta y cinco años de edad, solía vestir de traje oscuro y usaba sombrero. Vivía en Londres, donde trabajaba de las ocho de la mañana a las cinco de la tarde en una gran librería, la cual era famosa porque sus propietarios y administradores eran muy hábiles para satisfacer a sus clientes. Tenían excelentes relaciones con todas las editoriales europeas y contaban con todos los catálogos existentes en esa época.https://lh4.googleusercontent.com/-U75uIq48bvo/Td2xPYLJ7RI/AAAAAAAACBY/hFf0l87h1Z8/nuncatevisiempreteame.jpg

La librería estaba ubicada en un clásico edificio londinense de tamaño mediano. Sus paredes interiores, así como los anaqueles y exhibidores, eran de caoba, y los libros estaban perfectamente organizados.

El hombre, solitario, llevaba una vida absolutamente rutinaria: tomaba un desayuno ligero y salía todas las mañanas a la misma hora. En la esquina de su departamento compraba el periódico, cuya secciones cultural y política leía en el autobús que lo conducía a su oficina.

Tenía un amplio escritorio de madera, muy ordenado y con los asuntos al corriente. Su trabajo consistía en atender la correspondencia de clientes que solicitaban libros especializados, algunos de ellos incunables.

Algunos de sus clientes eran extranjeros, y solicitaban información para localizar libros en bibliotecas o librerías de otros países. Él era un bibliófilo verdaderamente experto y siempre lograba proporcionar la asesoría solicitada.

Al medio día salía a comer a un pequeño y antiguo restaurante atendido por un amable matrimonio.

A las cinco de la tarde salía de su trabajo y regresaba a su departamento. Cuando el clima lo permitía, caminaba una parte del trayecto de regreso.

El sábado y el domingo solía dar un paseo por el parque. Algunas veces visitaba un restaurante al cual había ido innumerables ocasiones en compañía de su esposa, quien había fallecido hacía seis años. No tuvieron hijos.

Tenía una hermana felizmente casada en una ciudad ubicada a 300 millas de Londres. Se comunicaba con ella y su familia solo ocasionalmente. No tenía amigos muy cercanos, pues la vida que llevó con su esposa fue amable y armoniosa. Solían vacacionar modestamente en la montaña.

Ahora estaba solo

*

La dama de nuestra historia era una mujer también solitaria, de unos cincuenta años de edad. Vestía de manera elegante y sencilla. Era gerente de una gran librería en Nueva York. Su vida era igualmente rutinaria. Solía dar largas caminatas en Central Park los fines de semana. Ocasionalmente, en Navidad y el día de Acción de Gracias, visitaba a su hermana, quien era viuda y tenía varios nietos.

Frecuentemente, como parte de su trabajo en la librería, ella recurría a los libreros y editores europeos para obtener algún ejemplar raro, para lo cual escribía cartas en elegante caligrafía.

En una ocasión, el caballero recibió una de sus cartas, en la cual solicitaba información acerca de un libro que en Estados Unidos era imposible encontrar. Leyó la carta y se dio cuenta de que no era tarea fácil, pero él gustaba de esa clase de retos, ya que eso era casi lo único que le daba atractivo a su vida.

Revisó cada uno de los catálogos infructuosamente. Buscaba afanosamente en su memoria y no lograba solucionar el problema. Leyó la carta un sinnúmero de veces.

Aquella caligrafía…

ra indudablemente femenina, de rasgos delicados, pero a la vez firmes. ¿Cómo sería aquella mujer?

Decidió escribirle para informarle de sus pesquisas hasta el momento infructuosas; ya duraba una semana su búsqueda.

Una semana después, continuaba sin resolver el problema, cuando de pronto recordó al esposo de una amiga de su difunta esposa. Era un hombre que poseía una excelente biblioteca. ¡Cómo no lo había recordado antes! Claro. Él podría tener la solución.

Decidió hacerle una visita el sábado, faltaban solo dos días.
Hacía muchos años se habían frecuentado un poco, a causa de la amistad de sus esposas, ahora fallecidas.
La visita fue muy agradable: tomaron té y fumaron; recordaron viejos tiempos. Y sí, aquel caballero tenía un ejemplar del tan buscado libro; no tenía un gran apego hacia el mismo, así que estaba dispuesto a cederlo a cambio únicamente de su costo. Digamos a un precio razonable. O tal vez a cambio de algún otro libro igualmente interesante.

De tal manera que el lunes a primera hora nuestro personaje escribió una segunda carta a la dama neoyorquina para darle la noticia.

Estaba realmente satisfecho, y el entusiasmo se reflejaba en su carta. Así que la mujer se puso feliz con las buenas nuevas, pues su cliente era muy insistente y estaba dispuesto a pagar el precio del libro: pasaba por la librería varias veces a la semana para enterarse de cómo iban las cosas en torno a su pedido. La explicación era siempre la misma; ahora podría informarle que pronto tendría su libro.

Contestó inmediatamente aquella carta con mayor entusiasmo que el de su colega de ultramar: “Por supuesto, estamos dispuestos a pagar el precio del libro. ¿Cómo agradecerle tan invaluable servicio?”

“Estamos a sus órdenes. No dude en escribirnos cuando podamos serle de alguna utilidad.” Fue la respuesta del caballero.

La dama se expresaba con desenvoltura y de una forma un tanto familiar, sin dejar de ser formal. Por lo que el caballero se atrevió a comentarle que su caligrafía era muy bella, muy elegante, muy femenina. Le confió que se preguntaba sómo sería una mujer que escribía de aquella forma y que atendía a sus clientes con tanta solicitud.

Cuando leyó aquellas líneas, la mujer sonrió y también se preguntó a sí misma qué aspecto tendría su amable colega.

Lo pensó un par de días y finalmente se decidió a redactar una carta para contarle que los libros eran su pasión desde niña; siempre había estado rodeada de libros. Había leído a Shakespeare, a Tolstoy, a Óscar Wilde… Le preguntó quiénes eran sus autores favoritos… Le dijo que siempre había soñado con conocer Londres… Le pidió que le describiera tan bella ciudad…

Él contestó a esa carta el mismo día que la recibió, pero ahora se sentó a escribir en su departamento, después de cenar; ya no lo hizo en su oficina como en las ocasiones anteriores. Ahora buscó en su biblioteca personal a sus poetas favoritos y citó para ella algunos fragmentos selectos de bellos, emotivos poemas.

Ella se puso muy feliz al leer tan hermosa carta. Igualmente le escribió por la noche y releyó antiguos libros de poesía olvidados de su juventud para citarle sus fragmentos preferidos.

Así se inició una bella amistad. Cuando transcurrían suficientes días como para esperar una respuesta, ambos revisaban sus respectivos buzones.

Después de intercambiar varias cartas, dejaron de esperar la respuesta a la anterior para volver a escribir. Cuando les ocurría algún incidente divertido o tenían una conversación o idea que les parecía suficientemente interesante, se ponían a escribir por las noches.

Ahora la revisión del buzón era cotidiana. Los preparativos para ponerse a escribir empezaban en la compra semanal. Cada cual adquirió papel y sobres especiales, cuidadosamente seleccionados en la papelería. La hora de leer y escribir cartas se convirtió en un ritual para ambos.

Para la cena, ella encendía velas sobre la mesa y se servía una copa de vino. Una plácida sonrisa se dibujaba en su rostro. Él descorchaba una botella de una cosecha muy especial, la cual estaba olvidada en un mueble de la sala, e igualmente sonreía mientras tomaba la cena.

Ambos empezaron a ser más amistosos con sus compañeros de trabajo, con sus vecinos, con el vendedor del periódico…

Ella se compró un vestido nuevo de gasa con colores pastel y un sombrero casi juvenil, en comparación con el que usaba casi a diario. Él revisó su armario y sacó sus corbatas de seda; ahora empezó a usarlas para ir a trabajar. Hacía seis años que se vestía casi con los mismos trajes: se compró dos nuevos.

Ahora él le resolvía todas sus dudas bibliográficas; no recurrió más a otros servicios de consultoría en la materia. Y ella lo mantenía informado de las novedades editoriales estadounidenses. Los clientes de ambos vieron sumamente mejorados los servicios de sus respectivas librerías.

Ahora ella hace sus caminatas con una sonrisa esbozada en el rostro y le describe la llegada de la primavera: los árboles, los pájaros, las flores, los niños con sus ropas de vivos colores, el atardecer. Le cuenta que asistió a un maravilloso concierto de la orquesta sinfónica, que escuchó embelesada a Bach, a Brahms…

Él hace lo mismo. También le platica que visitó a su nuevo amigo, el antiguo conocido que le proporcionó el libro que fue objeto del inicio de tan bella amistad…

Llega el otoño, las hojas de los árboles empiezan a caer, el clima empieza a ponerse frío, se suspenderán las caminatas, no importa, continuaremos escribiéndonos, tu amistad me ofrece una hermosa compañía, escríbeme pronto, esta vez tu carta se tardó un poco más de lo normal, tuve un pequeño resfriado, la cena de Navidad con mi hermana fue muy hermosa, disfruté muchísimo el libro que me enviaste, siempre había querido leerlo, es una bella edición, Feliz Año Nuevo, ahora el clima es más amable, se acerca de nuevo la primavera…

Fueron varios años de intensa comunicación, solicitud de consejos, confidencias de la vida pasada, de las desilusiones. Le contó que estuvo enamorada de un hombre que se casó con otra mujer…

El viaje de ella a Londres siempre estaba programado para un futuro no muy lejano, pero surgían impedimentos que la obligaban a posponerlo. La situación política era preocupante: había muchos disturbios prácticamente en todas las capitales de Europa y no era aconsejable que una mujer viajara sola al Viejo Continente.

Se desató la Segunda Guerra Mundial.

Ella recibió una carta con alarmantes noticias. Bombardeos aquí y allá. Nada era seguro.

Cuatro meses sin una carta

Por fin, un día, un sobre arrugado y sucio en su buzón. “Tenemos un refugio antiaéreo” le informaba. Puedes escribirme a esta dirección.

Así lo hizo. Le escribía con frecuencia. Él recibía algunas de sus cartas. Se percataba de la pérdida de otras por los comentarios inconexos, porque hacía referencia a cartas anteriores que él no había recibido.

“Pasamos hambre” le informaba él brevemente, en alguna carta que alguien lograba enviar clandestinamente desde otro país, después de semanas de silencio.

Sus compañeros de trabajo y amigos estaban enterados de tan lamentable situación. Conocían la amistad que los unía y la apoyaron en una colecta para enviar alimentos enlatados a Londres.

Hacia Navidad, él y sus compañeros recibieron una caja que contenía tesoros enlatados: jamones, quesos, aceitunas, pan… ¡alimentos!

Cuando lograba reunir una cantidad suficiente de latas, ella hacía un envío a través de un amable desconocido que decidió colaborar en la noble empresa. Su amigo y sus compañeros lo recibían con una enorme alegría. Todos le enviaban saludos y le expresaban su agradecimiento a través de las cartas que él lograba mandarle.

Ella sufrió en lo más profundo de sus entrañas esa guerra para la cual no encontraba calificativos.

Pero, finalmente, un día hubo buenas noticias: la guerra había terminado.

“Empezó la reconstrucción, todo empieza a volver a la normalidad.” Le escribió él con una más que comprensible alegría de haber sobrevivido al holocausto y de reiniciar la comunicación con ella.

Nuevamente las cartas, las cenas, el vino, las confidencias, otro vestido nuevo, una nueva corbata, las caminatas, la primavera, un concierto, un nuevo libro, un nuevo poema…

Un día ella finalmente encontró la forma de hacer el ansiado viaje. Empezó a prepararlo y continuó escribiéndole sin mencionarlo en sus cartas.

Pasaporte, itinerario, boletos de avión… Todo listo.

“Llegaré de sorpresa”. Pensó.

La emoción de los preparativos… ¡Por fin! Aborda el avión.

Llega a Londres al caer la noche, se instala en el hotel, necesita descansar un poco.

A la mañana siguiente, toma un taxi y se dirige a la librería. El corazón le late más rápido que de costumbre y respira agitadamente por la emoción.

Desciende del taxi, comprueba la dirección, contempla unos momentos el edificio… Se decide a entrar.

-Buenos días. ¿En qué podemos servirla, señora?

-Busco al caballero X.

-¿Al caballero X?

-Sí. ¿Puedo verlo?

-¿No está usted enterada?

-¿Enterada? ¿De qué?

-El señor murió hace tres días. Ayer fue su funeral.

Ella se queda en silencio. Se le nubla la vista. El señor que la atiende le pregunta si es su familiar. Ella le dice su nombre. El señor sabe muy bien de ella, pues él y sus compañeros de trabajo estuvieron juntos en el refugio antiaéreo.

La invita a sentarse. Le cuenta lo sucedido. Ella llora en silencio, solo derrama unas pocas lágrimas. El señor le ofrece su pañuelo.

Se serena un poco y hace algunas preguntas.

¿Cuál era su escritorio?

Ella acaricia los objetos que se encuentran en el mismo… La piel de la silla… La pluma con que escribía… Un abrecartas… Un pisapapeles que ella seleccionó amorosamente en una tienda de antigüedades…

The End

Recibida el 19 de Septiembre de 1999

Gracias por sus comentarios sobre Nunca te vi siempre te amé, la película y su relación con el Amor en Internet.

2 Comments

  1. omnia Enero 22, 2011
    • milagil Enero 24, 2011

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