Los Dioses deben estar Locos

Un verdadero clásico del cine, Los Dioses deben estar locos, es una historia impactante donde nos topamos con culturas completamente diferentes. Ricardo Bulmez nos comenta y nos hace ver que la narración puede tener un sentido práctico en nuestras vidas.

Los Dioses deben estar Locos

Los Dioses deben estar Locos

Gracias Ricardo Bulmez…

Recordemos aquella simpática, sencilla y pedagógica película llamada Los Dioses deben estar Locos, realizada por Jaime Uys en 1980. Narra la condición del ser humano civilizado en comparación con la salvaje, tranquila y natural convivencia de un poblado bosquimano en el aislado desierto del Kalahari, Sudáfrica. La vida de estos pobladores, con sus tareas tradicionales y juegos infantiles, transcurre en plena felicidad y armonía.

Los Dioses deben estar Locos

Un buen día, del cielo cae un extraño objeto (una botella vacía de Coca-Cola que ha lanzado un piloto desde una avioneta) que perturba problemáticamente la coexistencia y convivencia de la tribu. A partir de la aparición de esa botella reinó el caos en la comunidad. Nadie hablaba de otra cosa sino de la botella y todos querían poseerla; se presentaron grandes discusiones violentas. Las familias y los amigos se dividieron a causa de ese frasco que había caído del cielo. Los miembros de la comunidad ya no compartían entre sí; se olvidaron de sus tareas tradicionales, de sus raíces y de los juegos infantiles. En la comunidad no existía otro tema que el de la botella. Los gurús decían decepcionados: Los dioses deben de estar locos porque nos envió semejante botella que nos ha dividido y sembrado tanto odio!… Los dioses ¿Se volvieron locos? Y un día ocurrió lo que nunca se pensó: alguien de la tribu atacó con la botella a uno de sus hermanos y corrió sangre.

El cacique se dio cuenta que esa botella no podía venir de los dioses; que los dioses no se habían vuelto locos… que los locos eran ellos mismos. Para solventar el conflicto, uno de los bosquimanos decide entonces entregar el dichoso elemento a los dioses que se lo habían enviado… y lanza la botella a un abismo profundo.

Hasta aquí lo que vimos. Y la película terminó… pero todavía los venezolanos la estamos viviendo. No sé quién trajo esa botella de la discordia a nuestro país. No sé si vino en la barca con Colón cuando éste llegó a Macuro; posiblemente, fue con el petróleo que nada nos ha costado producirlo. En vez de en un barril, lo metimos en esa botella que divide. Y así nos olvidamos de ser personas para vendernos a la conciencia del tener gratis, sin esfuerzo o por la corrupción. Seguramente, esa botella la encontramos en las universidades que nos alejó del trabajo manual y nos metió en un discurso carente de vida. O quizá en los motines de tantos políticos que nos han gobernado; y nosotros nos empezamos cada vez más en elegir al peor. Y, lo más triste, botamos sin elegir ni decidir. O, mejor dicho, la botella decide por nosotros, con voto y todo.

No tengo capacidad de análisis científico para saber quién o quienes nos metieron esa botella en nuestra mente. Pero, el hecho es que la botella vino de alguna parte y hoy la tenemos entre nosotros. La botella de la discordia es el miedo que nos paraliza para la lucha. La botella de la discordia es la falta de reglas claras. Es cuando permitimos que la politiquería entre en nuestros hogares y en nuestros amigos, y nos llena de odios. Son nuestras fuerzas armadas que tienen más armas bélicas que fuerzas (morales) y defienden un gobierno de turno y no al Estado. La botella de la discordia es no enamorarse firmemente de la libertad y de la democracia, para que nadie nos la quite. La botella es el odio, el egoísmo y la comodidad cuando entran en nuestras vidas. Las guerras mundiales son unas botellas mundiales.

Dictaba yo una charla a un público abierto. Entre otras cosas dije que las guerras son las acciones más perversas que el hombre puede realizar. Fíjense ustedes cómo se están matando en… ¿Cómo es que se llaman esos sitios en donde hoy muere mucha gente?.

Israel y el Líbano. Salta uno del público.

No, hombre, ¡no! Respondí. No solo en Israel ni en el Líbano muere gente. Los sitios a que me refiero se llaman Petare, El Valle, San Cristóbal, Apure, Machiques. Es decir, Venezuela. Entre el año 2005, y lo que va de este año, han muerto en manos de la delincuencia de 14.000 personas. Aquí esta nuestra botella de la discordia.

En una oportunidad, una anciana de la parroquia me dijo que tenía mucho miedo por la situación que estaba atravesando nuestro país; que estaba rezando para que Dios termine la con la violencia. Le dije:

  • Señora, Dios no se ha vuelto loco como para dividir y sembrar tanto odio entre los venezolanos. Los locos somos nosotros. Dios no tiene nada que ver con todo esto, ni la Virgen tampoco. Comencemos por nosotros mismos.

Los venezolanos debemos sacar la botella del odio y de la apatía de nuestras vidas. O la arrojamos al abismo o ella nos lanzará a un futuro incierto. Porque, en cuestiones sociales y políticas que a todos nos conciernen, ser apáticos equivale a odiar. Se vale ser imparciales, pero nunca indiferentes e injustos.

Jesucristo dijo: ámense los unos a los otros. Pero, en vez de escuchar estas palabras, con la botella loca de la discordia en la mano practicamos: ámense los unos contra los otros.

Cada cual tiene su botellita, ¿Cuál es la tuya?

Ricardo Bulmez. 2006, escribe sobre la famosa película Los Dioses deben estar Locos, gracias padre.

4 Comments
  1. Katiuska
  2. YUMAR VILLALOBOS
  3. YUMAR VILLALOBOS